Mostrando las entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de abril de 2018

María en el país de las maravillas




Un día es una efímera parte de la vida de una persona, ¿Qué se hace o se deja de hacer? Ella despertaba con el alba para cocinarles a sus tres hijos, pero en la nevera no había nada.

María vive en un pobre barrio de Trujillo, en la calle la tildan de unas tuercas de menos, pero en su sonrisa y suave voz solo se perciben buenos sentimientos.

Ella trabajaba limpiando, pero ahora no tiene trabajo, se la pasa pidiendo de casa en casa para aminorar el fantasma del hambre, que no solo la atormenta a ella, sino también a los suyos.

Sus mejillas redondas se volvieron dos huecos, su rolliza figura un esqueleto de laboratorio, esa risa inocente y cantarina en una mueca, que no trae a su faz más que disgusto.

Pablito, el hijo mayor de María, es tildado de ladrón, y es por ello que nadie la recibe, pero en el corazón de una madre no hay  ojos para eso porque “Pablito es un niño bueno, aunque está creciendo”.

Su corazón soñaba con una vida vibrante, vistiendo finas galas y dándole a sus retoños el mejor de los cuidos, pero la cosa no resulto así, solo en sueños vive esas maravillas y despierta evoca la ilusión de un oasis de salvación, como quien muere en el desierto.

¡Hay María cuanto duele verte así! Diciendo “¿Tiene algo para darme de comer? No tengo que darle a mis hijos” ¿Qué pensaras en la noche? ¿Cuál será tu alivio?.

En una tierra de bastos paisajes, exultantes riquezas, gente hermosa y dulce, que es cálida con quien llega, ¿Por qué padecen los hijos de esta tierra? Unos dicen que guerra, otros que patria, el motivo no interesa; lo que importa es la gente que sufre y nadie la salva.

El esposo de todas, y de nadie



Hace mucho pasaron sus años de mozo, pero Don José no lo nota, sigue tan sonriente y galán como cuando tenía 25 años, tan hábil como 10 hombres, él sabe resolver de todo; desde mecánico a plomero.

Se levanta con el alba y se acuesta entrada la noche, porque el trabajo no le falta, todo el mundo lo conoce y el conoce a todo el mundo; habla de la salud de Petra, de la hija de Sofía y de la falla en el carro de Juan, ayuda a todo el que puede.

“Si me enfermara, vendrían en fila todas las señoritas, pues yo las atiendo a todas”. Es la salvación de las “niñas”, quienes sus maridos están muy ocupados, o son muy inútiles para resolver los problemas hogareños, en la mañana arregla el carro de Rosa y luego las goteras de Encarnación.

Pero, ¿Cómo un señor tan talentoso esta solo?. Doña Sofía en el café de la tarde un día contó, que Don José se quedó sin nadie, porque dedicò su vida a cuidar de quienes amaba;  y “perdió el tren para arreglar un nido propio”.

Tan hacendoso Don José, trabaja mañana y tarde, pero cuando cae el alba no hay nadie que lo acompañe, su familia es el pueblo donde vive, ellos son sus hermanos, nietos, hijos, esposas…

Trujillo pintoresco escondido, donde tu gente convive como una gran familia, en cada pueblo hay un personaje, detrás de cada techo hay un relato, y la fórmula de cómo se construyen lágrimas y sonrisas en el corazón de la gente.

sábado, 31 de marzo de 2018

Un viacrucis que vivimos todos


Jesús fue aprehendido y llevado a la muerte, el pueblo amordazado, es obligado a vivir guerras que desconoce, tildadas con diversos nombres “económica, comunicacional, del dólar”.

Como un rebaño confundido, se congrega y ora la feligresía, un pueblo de fe abocado al rito y culto a Dios, que pide que en sus días santos, se guarde recato, abstinencia y recogimiento.

Ese concepto es acogido y cuidado con celo en las familias, que expectantes esperan la resurrección, quizá no solo de Cristo, a lo mejor del inicio de una vida “libre” y no solo de pecado.

Las calles que de antaño se perfumaban, con los olores dulces y salados de los platillos, que disputaban en color, sabor y esencia para el disfrute de la familia y amigos, ha desaparecido; pocos son los que ahora pueden disfrutar los agasajos  de aquellos placeres del pasado.

Quizás no es tan placentero evocar un recuerdo, como comer del dulce de lechosa de la abuela, luego de almorzar mojo de pescado y arroz, mientras que en la sala de televisión ven “La pasión de Cristo” y en el patio se escucha el grito de ¡Bingo! de los que allí juegan… pero es lo que hay, y mientras llega la Resurrección debe bastar.

Del pescado las espinas, y en este camino de la cruz que todos vivimos, se orquesta el morado del luto y dolor, de quien todo lo tenía y todo le quitaron.

La sal abunda esta temporada, como en cualquier otra, viene del bus, de la cola de la parada, del exterior… también está en las pasas de las mejillas de una madre que quiere ver a su hijo que no está, de un joven que quiere un sueño y no puede alcanzarlo, de un enfermo que necesita medicina y no la consigue; la sal es fácil de conseguir.

Cristo tú que sufriste por nuestro bien y resucitaste al tercer día, danos valor y templanza, para resucitar contigo en una vida “libre” no solo de pecado, sino también de las ataduras que nos oprimen y nos causan dolor en este valle de lagrimas.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Terminal de Valera: donde se funden los abrazos y se dejan sueños atrás


El sol comienza a ocultarse, los motores de los autobuses más grandes empiezan a sonar, inicia el desfile de personas con maletas que sus familiares y amigos ayudan a cargar. Así inicia una noche llena de despedidas en el terminal de Valera.

El corre corre comienza pasadas las 7:00 pm, acto que parece común ya que en años anteriores desde esa hora salían los autobuses a los diferentes estados del país, esta vez la diferencia es que ya no abundan las unidades de transporte ni los trabajadores que gritaban “Caracas”, “Barquisimeto”, “Maracaibo”.

Lea también: Soledad, compañera de quien decide emigrar.

Ahora solo hay un puñado de buses y los más buscados son los que van a un mismo destino: San Cristóbal. Táchira, por su cercanía a Colombia, es el estado más buscado por los venezolanos que desde tierras cafeteras buscan partir a otros países o buscar suerte en el país vecino.

El terminal de Valera se ha convertido en el sitio de despedidas de los trujillanos ya que el aeropuerto de Carvajal lleva ya un buen tiempo sin funcionar.

Cada pasajero llega a su forma, unos caminan con calma y otros llegan con esperanza de conseguir un pasaje para embarcar su viaje a última hora. La mayoría vienen acompañados, y en lo que sí se asemejan todos es en el tamaño de sus maletas que deja en evidencia que no irán una semana de vacaciones.

Son pocas las caras arrugadas que esperan para marcharse, muchos son los rostros jóvenes que con una mirada tímida reposan sobre sus maletas a la espera del bus. Según un estudio de la USB en el año 2016, el 88% de los chamos venezolanos quieren irse de Venezuela.

Quizá le interese: Néstor Abreu: un trujillano que tardó más de una semana en llagar a Chile

El terminal es oscuro, la poca luz que hay es intermitente y hace una combinación perfecta para el ambiente tenso que se respira en el lugar. Muchos son los susurros, las miradas fijas y los abrazos que poco a poco se van incrementando al pasar los minutos.

“Feliz viaje”, “escribe cuando puedas” y hasta un “si llegas y no te gusta, que no te de pena, no dudes en regresarte” son las cosas que dicen los acompañantes. El próximo emigrante responde asentando la cabeza.

El momento llegó. El autobús se acomodó y abrió sus puertas, uno a uno los pasajeros son recibidos por un policía que, antes de que guarden las maletas, las revisa con su teléfono, que hace las veces de linterna. Si la luz del teléfono se apaga, el oficial interrumpe el proceso para volverla a encender.

Maletas dentro ya no queda otra que decir adiós a los familiares y amigos que los acompañaron. En este momento los abrazos son más fuertes, los susurros pasan a ser llantos y un suspiro puede convertirse en el último aire que respiran en la ciudad que los vio crecer.
Los sueños también quedan atrás, como es en el caso de Andrés Ramírez, quien quería estudiar medicina, pero el costo de la carrera y decisiones familiares, le cambiaron el rumbo hacia Perú.

Andrés se va acompañado de su mamá, el papá le toca despedirlos, él se queda. Se queda solo. Ninguno sabe cuándo se volverán a encontrar.

No solos los que se van se llevan un vacío por dentro y deben hacer una nueva vida, también los que se quedan deben reacomodar su vida, como es en el caso de este padre que ahora debe estar solo sin la familia que lo recibía en su casa cada noche durante 20 años.

Quizá le interesa: De la ingeniería a los concursos de belleza: Conozca la experiencia de un trujillano en España

Ahí estaba él, clavado en el terminal, con una sonrisa intentaba maquillar lo que sentía, pero al hablar su voz lo traicionaba. Ni dos cervezas pudieron quitar el trago amargo que sentía en ese momento al ver que su esposa e hijo partían del país. El último adiós se lo guardó, le dio la espalda al bus.

jueves, 15 de marzo de 2018

El bombillo de la luna




Melanie Calistri/ECS

El vapor de un día difícil se guardaba en la casa, denso y espeso como un atol, gotas saladas brillaban en la cara de quien esperaba, ¿sudor o lágrimas? No se sabría decir por un espectador externo, ya que como nuestros ancestros, solo la luna y las velas iluminaban aquella noche.

A muchos el sueño les rehuía, por las  molestias de quienes no tienen las bendiciones que conlleva la electricidad; velaban cual centinela su retorno, algunos en sus patios, otros en la calle… pero la noche no estaba tranquila, no eran grillos los que sonaban a lo lejos, como era habitual, si no cacerolas y gritos que rompían la rutinaria paz.

Las cacerolas fueron precedidas por disparos, quizás de perdigones, se veía la luz arropada por el humo a la distancia, pero no había nada claro que se distinguiera.

Esa noche las líneas fallaban, no solo la luz, nadie sabía qué ocurría, la quietud de las tinieblas dejaban filtrar los rumores de los vecinos, que decían “Se cansaron de esta guachafita” y “Ajam! Se prendió la cosa” pero habría que esperar que el astro rey despertara, para saber el ¿Qué paso? Real de las protestas nocturnas.

Al tiempo como una tormenta que se acaba, todo se volvió apacible, como si nada hubiera pasado, pero la luz no retorno ¿Estamos regresando a nuestras raíces o involucionando nuestra calidad de vida?.

domingo, 17 de diciembre de 2017

"Bendito transporte"


La alarma suena, es el prólogo de mi día, doy diez pasos hasta el baño para poder echarme agua en la cara para así despertar por completo. Pero vivir aquí es como un sueño o una pesadilla de la quizás no despierte pronto.

Luego del baño, somnoliento abro la nevera para beber un trago de agua, al mismo tiempo para observar qué tengo para comer, me encuentro con solo agua, y una auyama que está por echarse a perder. 

Con el estómago vacío salgo de mi casa para poder llegar al trabajo temprano. A penas está saliendo el sol. Llego a la parada de buses y está repleta de gente de esquina a esquina. Niños con franelas blancas medio dormidos, otros que llevan franelas rojas y amarillas literalmente dormidos en los brazos de sus padres. Los adolescentes que tienen camisas azules como uniforme están jugando con láminas de papel bond. 

Llevo como una hora en la parada de buses, muchas personas siguen llegando, pero ningún bus ha pasado. En el tiempo que llevo parado esperando el transporte público, escucho comentarios de los que están ahí, muchos dicen lo difícil que es quedar en el sorteo del supermercado para comprar la harina, la mantequilla o la azúcar, y otros se quejan del tiempo que tiene el camión  del gas sin pasar por la comunidad. 

Después de tanto tiempo, por fin logro montarme en un bus, con una pierna adentro y la otra afuera. Sin importar lo tarde que voy a llegar al trabajo, respiro profundo para poder seguir escuchando los lamentos de las personas. Pero no sé si es mejor aguantar la respiración para poder tolerar los malos olores que inhala mi nariz. 

Llegar al trabajo ha sido una odisea, pero el regresar a mi casa va a ser aún peor porque ya estará anocheciendo. 

Final del día, llego a la parada, aún más ancha que la de esta mañana y todavía mucho más llena. Personas de todas las edades con el cansancio pegado en la cara como barajita de álbum. Los jóvenes de franela azul, los mismos de la mañana, ya no tienen ánimos de jugar con láminas de papel bond.

Mientras voy camino a sentarme en la acera recuerdo que lo único que tengo en el estómago es una arepa de remolacha y una galleta que me dio mi compañera del trabajo. 

En el momento en que mis tripas sonaban como gruñidos de leones en el zoológico, van llegando buses, lo que me hace avanzar en la cola. Mis pies me duelen, al igual que la cabeza y el estómago. La gente se queja del mal servicio del transporte y de los elevado precios. 

Al momento en que una señora mayor grita "Bendito transporte, señor" dos buses "pirateros" se acercan cobrando el triple del pasaje común para llevarnos a nuestro destino. Mientras voy corriendo para poder agarrar un puesto vacío, recuerdo que tengo el efectivo contado, pero me digo a sí mismo -mañana resuelvo- y me monto. 

martes, 7 de noviembre de 2017

Pasa por TNT, pasa en la Vida real…


11 meses de espera que terminaron con una llamada, bajé el teléfono, cerré los ojos y no pude terminar de contar hasta 10, un desfile de improperios empezaron a salir por mi boca, era evidente, tanto nadar para morir en la orilla… Me habían cancelado el trámite para el pasaporte.

Pero debo ir 11 meses hacia atrás, a diciembre de 2016, cuando hice la solicitud de la cita ya que por necesidades académicas necesitaba el documento que para ese entonces aún se podía lograr conseguir con cierta rapidez.

Justo por esos días, una compañera de clases había hecho un comentario: “Mi hermana tuvo que pagar 100mil bolívares para que le dieran el pasaporte porque no se lo querían dar porque y que no hay material”.

Cabe destacar que para ese entonces el plan del pasaporte express no existía y que 100mil bolívares era una gran cantidad de dinero, todo eso quedó resonando en mi cabeza pero traté de no hacerle caso… ¿O quizás sí?

Pasaron dos días cuando recibí el mensaje donde me informaron que la cita era el día 14 en la ciudad de Boconó.

Vámonos pa’ Boconó, vámonos montaña arriba…

El periplo comenzó ese mismo día 14 temprano en la mañana, la travesía duró casi cuatro horas, monté el primer bus Trujillo - Valera, pequeño de esos con el lujo del aire acondicionado, que aunque recorría el Eje Vial parecía que estuviese atravesando la Sierra de la Culata.

Al llegar a la urbe de Doña Mercedes tomé el bus para Boconó, este sin tanto lujo, el aire acondicionado no era necesario y menos de Árbol Redondo para arriba…

Finalmente, luego de una dura travesía pude divisar los campanarios de San Alejo y El Carmen, allí estaba el Jardín de Venezuela vuelto un caos, la noche anterior, Nicolás Maduro había anunciado la cancelación de los billetes de 100 bolívares, decisión que llevó a todo el país a un hecatombe.

Colas en todos los bancos, Taxistas y negocios negándose a aceptar el billete marrón, y mi billetera… repleta de ellos… Sin saberlo, estaba siendo testigo de las puertas del terrible 2017.

Finalmente cumplí con la cita… “En dos semanas tiene su pasaporte” me dijo la venerable mujer que me atendió amablemente, lo que no sabía era que serían dos semanas mercurianas.

Esas “dos semanas” se convirtieron en dos semestres, lapso por el cual Venezuela se desplomó en todos los sentidos, cada vez tenía más amigos en el exterior, sentía que había más trujillanos viviendo en Santiago de Chile que en Santiago de Trujillo, el dinero no alcanzaba, vi el horror de una juventud muriendo entre gas lacrimógeno y una bandera y un sinfín de cosas que ustedes que me leen y yo sabemos.

En ese lapso de tiempo, ni un mensaje, ni un correo por parte del SAIME.

Y así llegamos a este punto, un amigo que por coincidencias también solicitó su pasaporte en diciembre pasado me comentó que ya le había llegado en Boconó, él, gentilmente me facilitó el número telefónico de la oficina en el jardín de Venezuela.

Llamé, la voz de una dama que se notaba apresurada, con un leve acento central, me dio la noticia: “Su trámite fue cancelado chamo, tiene que empezar de cero y tiene que sacarse una cédula y pagar el pasaporte express”… “Gracias chica” contesté…

Bajé el teléfono, cerré los ojos y no pude terminar de contar hasta 10, un desfile de improperios empezaron a salir por mi boca, era evidente, tanto nadar para morir en la orilla… Me habían cancelado el trámite para el pasaporte.



viernes, 20 de octubre de 2017

Mamá ULA se está quedando sola


Voy a visitar a mi mamá cinco días a la semana, mayormente de lunes a viernes. En mis últimas visitas la he notado triste, creo que se siente sola. Antes, miles de personas iban hacia donde ella para ser instruidos y apoyados, ahora todos dudan en ir a verla.

Mi mamá es conocida en Trujillo como ULA, la eminencia, y lo es. Es profesional, educada, amiga, solidaria, respetuosa y, como todas las madres da mucho amor a sus hijos. A sus 45 años ha formado grandes personalidades del pueblo, ha hecho que personas campesinas se vuelvan grandes profesionales reconocidos, les ha dado oportunidades a todas las personas sin condiciones, sin pedir nada a cambio.

La he visto pasar por muchos cambios. La vi llorar cuando se quedó sin plata. Vi cuando sus otros hijos la maltrataban, la rayaban y la dañaron. Vi también, cuando fue tiroteada. La he visto ser arrastrada, pero ella sigue de pie.

En el pasado, todo era tan diferente. Ella me daba la oportunidad de usar unos de sus tantos carros como transporte, pero con el tiempo se fue quedando sin repuestos para ellos. Cuando me daba comida lo hacía en grandes cantidades que hasta los perros callejeros podían comer para quedar satisfechos, ahora me tira una cuchara de arroz y un cambur verde cocido en el plato, sé que no es su culpa, pero es inevitable no pensar cada viernes en el que me consentía con pasticho.
  
Han trancado las vías de acceso de la casa de mi madre y he caminado solo para ir a verla, porque quiero tanto de ella que no me importa cualquier sacrificio. He caminado para salir de su casa como para entrar a ella, mientras unos cauchos están ardiendo en llamas, mientras gente de verde custodia su entrada. He caminado tantas veces de la casa de mamá ULA hasta La Concepción que ya perdí la cuenta.

La gente ha dejado de ir a verla, y no es porque se haya vuelto mala. Las circunstancias la han obligado a no ofrecer las mismas condiciones de apoyo. Ahorita, hasta el café que ofrece es endulzado con canela porque no tiene para comprar azúcar. Las personas ya no van a verla, porque llegar hasta su casa puede costar hasta 20 mil bolívares semanales. Ningún estudiante, sus hijos, tienen 80 mil al mes. 

No quiero ser parte de ese grupo que ya no la visita, no quiero dejarla sola. Sinceramente, me estoy obligando a no dejarla sola, porque es difícil atravesar todas las circunstancias que conlleva el ir a verla. Aquel miedo que causa un posible robo de las pocas pertenencias: un bolso, una calculadora o un celular. La zozobra que nos invade, tanto a ella como a mí, por mi bienestar es inmensa. Quisiera ayudarla, quisiera retribuir todo lo que me ha dado, pero no sé cómo. 

viernes, 21 de julio de 2017

De la delincuencia y la complicidad



Imagen referencial 


Carlos Solarte/Licenciado en Educación mención Geografía e Historia 

Corría la hora exacta para desayunar, entradas ya las vacaciones, así es ocho en punto de la mañana. Sonaba “Transylvania” (pieza instrumental de Iron Maiden) anunciando un mensaje de texto: “Amigo, recuerda que hoy es la actividad de protesta pacífica en la Av. Bolívar. No abandones la lucha”. Tenía como hora de recibido las seis de la mañana. Recordé las palabras de Leopoldo López antes de ser apresado: “La lucha en las calles no debe abandonarse, la calle es la salida”.

Es común leer día a día en los medios de comunicación social toda la temática referente a la crisis, la constituyente, los estudiantes asesinados por el régimen y todo un carnaval de noticias alusivas a los males que decaen sobre Venezuela. De esto se trataba nuestra protesta el día de hoy, un ayuno de doce horas que debía iniciar a las síes de la mañana hasta las seis de la tarde, en apoyo a los estudiantes caídos, a los presos políticos y en repudio a la Asamblea Nacional Constituyente. Era mi primera participación activa, directa y de calle, desde mi retiro por diversos motivos en el 2014.

Como no estoy muy de acuerdo con las protestas en forma de huelgas de hambre, ayunos, por conocer bien de cerca los resultados (quienes me conocen saben que para mí la lucha contra este sistema corrupto no debe confinarse volanteos, marchas, pancartas o pitos y consigas) me limité a colaborar en la parte logística. Ya pasamos mucha hambre en Venezuela como para complacer al gobierno con un ayuno.



A pesar del poco o ningún apoyo que teníamos en la actividad por parte de los partidos políticos de oposición, la protesta iba tomando forma, las personas se acercaban al toldo bridando su solidaridad, compartiendo sus experiencias y pidiendo volantes para repartirlos en sus comunidades. Como un espantoso pájaro negro posado frente a la ventana, se acercaron los oficiales de policía, de esos que es común ver, con aspecto de rapiña, ojos escarlata y sonrisa de hiena.

Morían las doce después del mediodía, hora del zénit y el hastío. Tres funcionarios estaban frente a nosotros, “Jóvenes expliquen el motivo y la duración de la actividad” vociferó uno, al tiempo que otro tomaba fotografías y el tercero intercambiaba llamadas usando un leguaje muy ajeno al de un efectivo policial, frases como “Hay que tratarlos como cochinos, la orden es caerles a palo, nos vamos y le dan es con todo”. Se les explicó el motivo y el tiempo estimado, hasta que se fueron con una expresión tenebrosamente triunfal en sus rostros.

Pasadas escasas dos horas de la visita de los policías, a lo lejos se escucharon los estruendos de una bandada motorizados que rápidamente se acercaron, delincuentes a sueldo, los llamados “Colectivos” o Tupamaros. Sacaron armas, cual hordas bárbaras destruyeron el toldo, golpearon a una compañera de lucha con una enorme piedra en la espalda, todo ocurrió en un pestañeo, una pistola apuntaba mi rostro, mientras otro compañero era aporreado con una llave de cruz en el cráneo, los golpes parecían interminables, la sangre corría en la calle, perdió el conocimiento, nos bañaron con baldes cargados de estiércol de cerdo, fuimos despojados de nuestros teléfonos.



Sólo dos compañeros lograron escabullirse de la golpiza y el baño, los mismos que advirtieron que la policía contemplaba la escena una cuadra más arriba.

Quizá te interese Colectivos golpean a estudiantes durante manifestación pacífica en Valera

jueves, 20 de abril de 2017

Y el día apenas empieza

Cortesía: Publibus

El reloj marca las 6:22 am, me monto en el autobús. Al entrar empiezo a notar la variedad de rostros, personas de distintas edades, en el mismo bus, pero con diferentes destinos. Algunos puestos vacíos. Niños con sus uniformes escolares, franelas blancas, azules y beige, es lo que más se ve en este transporte. Mujeres con estos niños de uniforme blanco a cuestas.  Hombres somnolientos. Jóvenes con el uniforme de algunas empresas reconocidas, o entidades gubernamentales. Aunque el bus no ha arrancado, ya tiene el radio encendido con un programa radial en el que prevalece el género musical de preferencia colombiana, el vallenato.

Personas bostezando, comiendo o cantando. Unas hablando de lo que harán en el día. Señores leyendo el periódico. Jóvenes leyendo libros. Todo esto sin importar el volumen de aquella música. El bus está encendido a la espera de que el chófer se monte para emprender el camino. Hace su último llamado para llenar los tres puestos que aún están vacíos. Sin respuesta, decide arrancar. Una señora, cargando a un bebé, grita para que el chofer pare. Ella, muy agradecida con el conductor, le da las gracias repetidas veces y se sienta en el primer asiento que ve disponible.

En ese momento empezó la travesía de aproximadamente media hora, quizás más. Los gritos de los adolescentes en el último puesto se hacen sentir, así como el llanto de los niños. El bus, que va camino a la ciudad, hace su última parada en la plaza del pueblo donde logran entrar dos personas más para ocupar las sillas vacías, mientras que otras tres deciden ir de pie. En medio del camino, la música cambia a un género que es preferido entre los mejicanos, el ranchero. Todas las personas van en sus asuntos sin importar el volumen de la música: leyendo, conversando, cantando y durmiendo.

Al acercarse más hacia el destino, las chicas empiezan a maquillarse. Otras empiezan a peinarse. Pero la que más llama mi atención es la que se quita sus botas, sus medias y se pone unos zapatos de tacón; se quita la chaqueta que cubría sus hombros y se abotona una camisa blanca con el logo de un supermercado reconocido en la ciudad. Ya cuando se ve arreglada, empieza a despertar a su niño con uniforme de franela blanca colegial, y cubre más a su niña dormida de uniforme preescolar. Todos despertando porque anuncian la llegada, empiezan a oírse bostezos, huesos traqueados y estiramientos.

El reloj marca las 6:48 am, el autobús entra a la ciudad, y el ruido de las cornetas de los carros se empieza a oír.  El bus hace la primera parada y la mayoría de las personas se bajan en ella, corren para agarrar un último transporte y, así, poder llegar a sus colegios y lugares de trabajos. La parada está colapsada, muchas personas, poca abundancia de carros, pero al llegar distintas busetas, se apresuran a entrar en ellas.

Dos minutos después, el bus en el que voy hace su segunda parada y poca gente se baja. Transcurre unos tres minutos más y el bus hace su última parada, todos nos bajamos de la unidad, menos un joven de cabello largo, vestido de negro, que, por lo visto, lleva música a todo volumen en los audífonos de su aparato mp3. El bus sigue con él; y mi día apenas empieza…