jueves, 29 de septiembre de 2016

La Iglesia del pueblo andino olvidado


Referencia

Nota: Este relato es parte de los muchos que reposan en el blog Suburbio de Letras Nocturnas. Fue publicado el 4 de septiembre de 2014 en un concurso realizado por blogueros de Hispanoamérica donde la temática era crear un cuento que debía contener flores moradas. El cuento fue uno de los cinco finalistas.



El padre Ramón debía oficiar sus misas en la plaza del pueblo. Los mosquitos y personas que pasaban cerca del lugar interrumpían el sagrado rito.

En par de ocasiones invitó a la comunidad a colaborar con la construcción de la iglesia. “Los curas vamos y venimos. La iglesia será de ustedes” decía cada vez que una vieja chismosa o un borracho aseguraban como juez inquisidor que el sacerdote se robaba “el dinero de la limosna”.

Ese día decidió ayunar para pedir a Dios qué hacer. Dejó a un lado el amor por las arepas rellenas con queso y huevos revueltos, el café andino que tanto amaba y la manzana que le traían algunos fieles al verlo.

Debía buscar una forma de llegarle a ese pueblo testarudo, despreocupado y olvidado de aquellos gestos que abrían “las puertas del cielo”. Luego de rezar tres rosarios seguidos en honor a la virgen de los desamparados sintió que Dios le habló. Se persignó y esperó con ansias que todo marchara como lo ideó. “Qué se haga tu voluntad” dijo.

Las cosas en el pueblo no serían como antes.

Doña Adela debía transitar a pie más de 15 kilómetros desde su casa hasta la entrada del pueblo andino olvidado.

Con calma y tranquilidad dejaba a su andar un paisaje monumental de altas montañas y flores que abrazaban en sus pétalos el suave aroma del café que se sembraba en esos lugares.

Siempre llevaba consigo a su nieto Diego, un niño inquieto que corría por esos caminos de polvo y tierra y luego regresaba a su falda cansado. Ese día el niño quedó paralizado con lo que vio.

Doña Adela no entendía la actitud del niño. Como pudo apresuró su paso y al ver lo que Diego observaba se arrodilló y levantando las manos al cielo dio gracias a Dios por ser testigo de un milagro como ese.
Entre las piedras se dibuja la imagen de una virgen. Lo supo por la corona que llevaba en su cabeza y el niño que llevaba en sus brazos  hacía con su mano el signo de la bendición. Ella se quedó rezando cerca de la imagen mientras el niño fue al pueblo a anunciar lo ocurrido.

El pueblo fue parte de una algarabía. Gritos, burlas, dudas y rezos acompañaron al niño hasta el lugar de lo ocurrido. El sacerdote Ramón fue muy cauteloso y a pie junto a centenares de personas fue en busca del milagro.

Al llegar observaron a doña Adela, la mujer que vendía flores postrada ante unas piedras. Mientras el poblado se acercaba descubrieron la imagen. Gritos, lágrimas, piel de gallinas y desmayos acompañaron a los presentes. Todos esperaban que el padre diera su opinión. Para todos, era el más cercano a lo divino, a Dios.

Sus palabras cambiaron todo el panorama “La virgen quiere que construyamos una iglesia en este lugar”.

Un señor muy adinerado donó el terreno donde apareció la virgen. Los carpinteros del pueblo apresuraron su marcha mientras las personas colaboraban con prendas preciosas, dinero y animales para comprar todo lo necesario.

El padre tomó un bus a las afuera del pueblo andino olvidado y marchó a la ciudad a comprar todo lo necesario.

Dos días después llegó con una flota de camiones que llevaban de todo. Bancas, pinturas, lámparas, sillas, santos y una virgen de los desamparados de dos metros.

En esa época los duros de corazón se ofrecieron a hacer lo que podían. Los chismes cesaron, las borracheras tenían sabor a santidad. Disminuyó por completo los ataques a otras familias y el deseo del pueblo era la construcción de la iglesia. Doña Adela, la primera mujer en ver la virgen en todo su esplendor buscó flores moradas y las sembró por todo el lugar. La estampa era divina.

Las montañas del pueblo andino olvidado que lanzaban su aroma a café, la Iglesia que se convertía desde ese momento en el edificio más alto del pueblo y las flores moviéndose con el viento, era el sitio perfecto para que la virgen, su hijo y su Dios tuvieran una casa donde poder descansar.

Cuando el edificio se inauguró el alcalde dio algunas palabras.  Doña Adela y el niño Diego en primera fila fueron reconocidos con las recién creadas llaves del pueblo. Se fundó la Sociedad de las Hijas de la Virgen de los Desamparados del pueblo andino olvidado, y los niños del tercer grado de la escuela hicieron una obra de teatro que reflejaba el momento más importante en la historia del pueblo.

El padre ofició la misa y un rayo se posó sobre el altar mayor. Las personas lloraron, algunos se abrazaron y en ese momento se sintieron en paz. Una paz que no duraría mucho pero sería recordaba por muchos.

Tres años después el sacerdote Ramón fue cambiado de parroquia. Debía ir a otro lugar, uno  más estable, más cómodo y con personas más respetuosas.  El día de su despedida el cielo vistió por vez primera colores violetas que hacían juego con las flores de Adela y realzaban la estampa de la iglesia, fruto de su creación.

Sonrío a los cielos y dio gracias a Dios por abrirle los sentidos. Recordó entre risas  esa madrugada donde esculpió en piedra la imagen de la virgen y la puso en el camino que hoy día era parte de la casa de su Señor.

No pensó que diera efecto, pero fue mucho más de lo que esperó. Su plan fue perfecto. Ahora con maletas en mano marchaba en bicicleta a otro lugar, llevando consigo la satisfacción de ver su obra realizada.

Sabía que nadie podía criticar sus acciones. No lo hizo para su beneficio. Él quería que la iglesia fuera el lugar de encuentro de los pobladores. Era una obra que perduraría y sería parte de las raíces de ese pueblo andino olvidado.

Siguió su camino con la convicción de que algunas mentiras son necesarias en lugares donde los duro de corazón no entienden el valor de una verdad. Se quedaron con una iglesia, y un lugar para adorar a un Dios que nunca pasaba por ese sitio porque no tenía donde descansar en su paso por los lares de la humanidad.