sábado, 16 de julio de 2016

El poeta Aníbal Rodríguez Silva, un amigo en el horizonte infinito






(Gregorio Riveros-Santos) Un día —como cayendo la noche— por tierras trujillanas, hace más de 30 años, leíamos poesía con el poeta Aníbal Rodríguez Silva. Nos reuníamos, amigos y visitantes, en torno a un grupo literario llamado “Casa de Fablas”. Eso ocurrió a finales de la década de 1980 (que por cierto, produjo una revista literaria con ese nombre, y fue publicada en dos ocasiones, en 1992). Todo ese tiempo pasado vino a los recuerdos en conversación sostenida con el poeta Egisto Vargas. Mencionamos algunos nombres, hechos y anécdotas. Recordamos a la Sra. Elide Cañizales (administradora del hotel Castán, que funcionaba al frente de la biblioteca pública), Víctor Vásquez, Iván Santiago (poeta y fotógrafo), Ender Agustín Criollo Criollo, Oswaldo Cadenas, Teresita Godoy, Carmen Terán, Antonio Barazarte (pariente del también poeta y amigo Benigno Barazarte), Osvaldo Briceño. Y luego, después de aquel grupo, apareció uno más, fue el grupo literario “Aleteia”, que fue nutrido y sedimentado con la presencia de algunos integrantes del grupo “Casa de Fablas”. El grupo “Aleteia” también publicó su revista con el mismo nombre que los unía: “Aleteia”. Los miembros de ambos grupos eran rostros conocidos; éramos los mismos, con algunas excepciones de tiempo y lugar. Allí nos reuníamos, Aníbal Rodríguez, Juan José Barreto (Juancho), José de Jesús Suárez, María Elena Delgado, Pedro Pérez Aldana, Iris Caltieri, José Gregorio Valera, Egisto Vargas, todos muy conocidos, amigos, integrantes del grupo, o visitantes ocasionales y curiosos. El lugar de reuniones era en el antiguo Convento “Regina Angelorum” donde aún funciona la Biblioteca pública “Mario Briceño Iragorry”. Y otras veces, las reuniones se trasladaban para la plaza Bolívar de la capital trujillana, o en algún espacio de la Universidad de los Andes (Núcleo Universitario “Rafael Rangel” de Trujillo), donde Aníbal fue un buen docente lleno y curtido de poesía y conocimientos de filosofía. Y también, en otras oportunidades de reuniones y recitales, cuando se terminaba la calle, nos íbamos para la casa de alguno de nuestros amigos. Un jueves —día pactado para las reuniones del grupo— aparecimos en la casa de una poeta y colega (profesora universitaria) en la avenida Laudelino Mejía, por los lados de la escuela Industrial, y allí soltamos los versos con olores a tierra húmeda y fresca que se desprendían de las cercanías de los ríos Castán y Mocoy, acompañados de unos dulces vinos y algunas bebidas oportunas de la velada poética. Como les dije, allí siempre nos acompañó el poeta y amigo Aníbal Rodríguez. Recuerdo que para esa ocasión tan especial de versos y palabras, la idea era llevar una lectura, un poema, un texto poético para compartir en lectura pública. Los dos poemas que me correspondían, fue Aníbal quien los supo identificar con muchísimo acierto. Leí uno del poeta de su tierra zuliana, tomado del libro “Date por muerto que sóis un hombre perdido”, y al terminarlo, enseguida dijo: Blas Perozo Naveda. El otro poema, uno que recuerdo muy bien, se titulaba “ARTE DE ANOCHECER, y hoy lo quiero volver a leer con todos ustedes: “Hay un arte de anochecer./ De la entrada del cuerpo al alma,/ de la niebla a la redondez/ y del círculo al cielo;/ hay un arte de luz,/ un campo donde anochecer/ es mirar la vida/ con el cuerpo cerrado./ Hay un arte de anochecer,/ un descenso en la entrada del día/ a la completa oscuridad./ Un intermedio donde es necesario/ recibir y saber todo sin estremecimiento./ Hay un arte,/ un paisaje a veces amable,/ a veces torvo,/ donde ascenso y descenso son accesorios/ de la materia limpia./ Hay un arte de anochecer./ Quien haya vivido o soñado con bosques,/ luces y demonios,/ lo sabe”. Al finalizar mi lectura, en esa noche de poesía (en ese anochecer infinito), fue Aníbal quien identificó al autor del último poema, y dijo: —ese es Pepe— (el poeta pampanitense José "Pepe" Barroeta). Por último, creo que las partidas y ausencias de los amigos son muy dolorosas, pero los buenos amigos nos aseguran, ese gusto agradable por haberlos tenido como amigos, porque es gratificante saberse amigo de gente noble y compañeros de la poesía y las palabras que cantan en la finita existencia terrenal; y que al final, en ese anochecer inexorable, hay amigos que se marchan con mucha dignidad y gallardía hacia el umbral del horizonte infinito.

Gregorio Riveros-Santos. 


Poeta y cronista (Pampanito/Venezuela). Abogado (U.V.M- Universidad Valle del Momboy). Estudios en la especialidad Derecho Procesal Penal (Universidad "Fermín Toro", Cabudare, estado Lara/Venezuela). Licenciado Educ. Castellano y Literatura (U.L.A-Núcleo Universitario "Rafael Rangel", estado Trujillo/Venezuela).